Acabo de regresar de mi primera, de siete, clase de manejo. Hace buen tiempo quería iniciarlas, pero no tenía dónde practicar.
Hace unas semanas me matriculé, pero no habían vacantes disponibles hasta hoy.
Me desperté 5:20 am. Como la escuela me queda cerca, decidí dormir cinco minutos más, que como todos sabemos, siempre se convierten en media hora más.
Sin más, me desperté como loco, tarde, y utilicé mis quince minutos de tolerancia (6:08am marcó el reloj).
Luego, de algunos puntos teóricos dentro del carro, mientras la instructora manejaba y daba ejemplos de lo que debía y no debía hacer, estacionó el carro y me dijo que era mi turno.
Me acomodé bastante confiado en el lado del conductor e intenté aplicar las instrucciones (que recordaba al pie de la letra), pero me fue difícil ponerlas en práctica.
Por ser primera clase, no pensé que me harían ir por avenidas grandes, tramos cortos, es cierto, pero grandes y aparentemente pesadas al fin. Y aunque no fueron lo difíciles que pensé, de vez en cuando me fijaba más en la velocidad del carro y la posición de los pies que en la dirección hacia donde dirigía el carro.
La clase terminó sin mayores problemas. Eso sí, nunca falta el animal que se pone atrás tuyo y toca el claxon o te prende y apaga las luces para que avances, aún viendo que estás en un vehículo de instrucción.
Es hora de ir a la universidad.
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